Según el estudio realizado por la socióloga Annette Lareau, de la Universidad de Maryland, la filosofía educativa empleada por los padres respecto a sus hijos sólo dependería de su clase social, de si son de clase media o clase baja osea: Si somos ricos o si somos pobres.
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| Billy Elliot (Quiero bailar) |
Los padres de clase media hablaban las cosas con sus niños, razonaban con ellos. No se limitaban a darles órdenes. Esperaban que sus hijos les contestaran, negociaran, que cuestionaran a adultos en situación de autoridad. Si a sus hijos les iba mal en la escuela, los padres más ricos desafiaban a sus profesores. Abogaban por sus hijos.
Los padres pobres, en contraste, se muestran intimidados ante la autoridad. Reaccionan pasivamente y permanecen en un segundo plano.
La socióloga Annette Lareau, se integró en el seno de diversas familias muy diferenciadas entre sí, escogió tanto a negros como a blancos, a alumnos de casas ricas como de casas pobres y redujo en última instancia la muestra a doce familias intentando que los hogares actuaran con normalidad, como si ella y su equipo no estuvieran allí.
Lareau y su
equipo visitaron a cada familia al menos veinte veces y en cada visita invirtieron horas de estudio. Tanto
ella como sus ayudantes pidieron a los sujetos estudiados que los trataran «como al perro de la
familia». Los siguieron a la iglesia, a los partidos de fútbol y a la consulta del médico, con una
grabadora en una mano y un cuaderno en la otra.
Cabria esperar que, si uno pasa un periodo tan dilatado en doce casas diferentes, recogería
doce ideas diferentes sobre cómo criar niños: que habría padres estrictos y padres indulgentes,
unos más implicados y otros más distanciados, y así sucesivamente.
Lo que Lareau se encontró,
sin embargo, fue algo muy diferente: Que sólo había dos «filosofías» de educación y se dividían
casi perfectamente a lo largo de líneas clasistas. Los padres más ricos criaban a sus hijos de una
manera y los más pobres, de otra.
Los padres más ricos estaban mucho más dedicados al ocio de sus hijos, los trasladaban de
una actividad a la siguiente y se informaban sobre sus profesores, entrenadores y compañeros
de equipo.
Uno de los niños ricos que siguió Lareau jugaba en un equipo de béisbol, dos de
fútbol, uno de natación y otro de baloncesto en el verano, además de tocar en una orquesta y
recibir lecciones de piano.
Esta clase de planificación intensiva estaba casi completamente ausente de las vidas de los
niños pobres. Para ellos, jugar no era practicar fútbol europeo dos veces por semana; consistía
en inventarse juegos con sus hermanos y otros niños del vecindario. Todo aquello que hacían
los niños era considerado por sus padres como algo separado del mundo adulto, sin
consecuencias particulares.
Una muchacha de una familia de clase obrera —Katie Brindle—
cantaba en un coro después de la escuela. Pero se matriculó por sí misma, y también iba
andando sola a las prácticas.
Escribe Lareau:
Lo que la Sra. Brindle no hace, siendo lo normal entre las madres de clase media, es contemplar el
interés de su hija por el canto como una señal de que debe buscar otros modos de ayudarla a
desarrollar este interés como talento formal. De modo similar, la Sra. Brindle no comenta la vena
dramática de Katie ni expresa pesar por no poder permitirse cultivar el talento de su hija. Por el
contrario, enmarca las habilidades e intereses de Katie como rasgos de carácter: el canto y la
interpretación forman parte de lo que hace a Katie ella misma. Las representaciones que improvisa su hija le parecen «una gracia», cuando no algo que Katie hace para «llamar la atención».
Los padres de clase media hablaban las cosas con sus niños, razonaban con ellos. No se
limitaban a darles órdenes. Esperaban que sus hijos les contestaran, negociaran, que
cuestionaran a adultos en situación de autoridad. Si a sus hijos les iba mal en la escuela, los
padres más ricos desafiaban a sus profesores. Abogaban por sus hijos.
Uno de los niños
observados por Lareau no llega por poco a la calificación que da acceso a un programa para
avanzados. Su madre solicita que se le permita repetir el examen en privado, presenta una solicitud
en la escuela, y acaba por conseguir que admitan a su hijo.
Los padres pobres, en contraste, se
muestran intimidados ante la autoridad. Reaccionan pasivamente y permanecen en un segundo
plano.
Escribe Lareau sobre un padre con pocos recursos económicos:
En una reunión de padres con profesores, por ejemplo, la Sra. McAllister (que tiene el
título de bachiller) parece sometida. La naturaleza gregaria y sociable que muestra en familia
queda ocultada en este entorno. Se encorva sobre la silla y mantiene cerrada la cremallera de
su chaqueta. Está muy callada. Cuando la profesora relata que Harold no suele presentar sus
tareas, la Sra. McAllister se aturulla visiblemente y sólo acierta a decir: «En casa hace los
deberes». No entabla conversación con la profesora ni intenta intervenir en nombre de
Harold. Tal como ella lo ve, la educación de su hijo incumbe al profesorado. Es su trabajo,
no el de ella.
Al estilo de educación de la clase media Lareau lo llama «cultivo concertado». Es un intento
activo de «fomentar y evaluar los talentos de un niño, sus opiniones y capacidades». En
contraste, los padres pobres tienden a seguir una estrategia para el logro de un «crecimiento
natural». Consideran responsabilidad suya el preocuparse por sus hijos, pero tienden a dejarlos
cultivarse y desarrollarse solos.
Lareau subraya que un estilo no es moralmente mejor que el otro. Los niños más pobres a
menudo eran, en su opinión, más llevaderos en cuanto a comportamiento, menos quejosos y
más creativos a la hora de aprovechar su propio tiempo; y tenían un sentido bien desarrollado de
la independencia.
Pero en términos prácticos, el cultivo concertado presenta enormes ventajas.
El niño de clase media, con su cargada agenda, está expuesto a un conjunto de experiencias en
constante cambio. Aprende a trabajar en equipo y a adaptarse a entornos sumamente
estructurados. Le enseñan a relacionarse cómodamente con adultos y a expresar su parecer
cuando tiene que hacerlo.
En palabras de Lareau, los niños de clase media interiorizan el concepto de «tener derecho».
Ni que decir tiene que esta expresión tiene otras connotaciones, pero Lareau no está
pensando en el sentido jurídico del término:
Estos chicos actúan como si tuvieran derecho a perseguir sus propias preferencias individuales y a
relacionarse activamente en entornos institucionales. Se muestran cómodos en tales entornos; están
abiertos a compartir la información y a reclamar atención. [...] Entre niños de clase media es práctica
común cambiar las interacciones para satisfacer sus preferencias [sirviéndose de su conocimiento de
las reglas]. Ya desde el cuarto curso, los niños de clase media demuestran autonomía para actuar en su
propio favor y obtener ventajas. Así, hacen peticiones especiales a profesores y médicos para que
ajusten los procedimientos al acomodo de sus deseos.
En contraste, los niños pobres y de clase obrera se caracterizaban por «una sensación
emergente de distancia, desconfianza y constreñimiento». No sabían cómo conseguir lo que
querían ni cómo «personalizar» —por utilizar el certero término de Lareau— su entorno en aras
de lograr sus objetivos.
En una reveladora escena, Lareau describe una visita al médico de Alex Williams, un
muchacho de nueve años, y su madre, Christina. Los Williams son profesionales acomodados.
- Alex, deberías estar pensando qué preguntas le quieres hacer al doctor —dice Christina en
el coche de camino a la consulta—. Puedes preguntarle lo que quieras. No seas tímido. Pregunta
lo que quieras.
Alex piensa durante un minuto, luego dice:
—Me he visto unos bultitos en los brazos, por el desodorante.
—¿Ah, sí? —dice Christina—. ¿Y crees que es por tu nuevo desodorante?
—Sí —contesta Alex.
—Bien, pues pregúntale al médico.
La madre de Alex, escribe Lareau, «le enseña que tiene derecho a hablar por sí mismo», que
aunque vaya a estar en una sala con una persona mayor y dotada de autoridad, es perfectamente
adecuado que se afirme a sí mismo.
Ya en la consulta, el médico, un hombre cordial de cuarenta
y pocos años, le dice a Alex que está en el porcentaje noventa y cinco de altura. Entonces, Alex
interrumpe:
ALEX: Que estoy ¿dónde?
DOCTOR: Quiero decir que eres más alto que noventa y cinco de entre cien chicos de... diez años.
Alex: Pero si yo no tengo diez años.
DOCTOR: Bueno, pero estás en esa horquilla. Tienes... nueve años y diez meses. En general, se
asigna el año más cercano al del gráfico.
Obsérvese la facilidad con que Alex interrumpe al doctor. Eso es conciencia de derecho: su
madre le permite alguna descortesía ocasional porque quiere que aprenda a afirmarse ante
personas con autoridad.
DOCTOR (volviéndose hacia Alex). Bien, ahora la pregunta más importante. ¿Tienes tú alguna
pregunta que hacerme antes de pasar el reconocimiento físico?
ALEX: Sí..., sólo una. Me he visto algunos bultos en los brazos, justo aquí debajo [indicando la axila].
DOCTOR: ¿Debajo?
ALEX: Sí.
DOCTOR: Bueno. Les echaré un vistazo cuando te examine para hacer el chequeo. A
ver qué son y qué hacemos con ellos. ¿Te duelen, te pican?
ALEX: No, sólo están ahí.
DOCTOR: Bien, te los miraremos bien a ver qué son.
Esta clase de interacción, asegura Lareau, simplemente no se produce con niños de clase,
inferior, que se mostrarían callados y sumisos, con la vista apartada. En cambio, Alex se hace
cargo de su momento con el médico: «Al acordarse de hacerle la pregunta que tenía preparada,
se gana la plena atención del doctor, y consigue fijarla en una cuestión de su elección».
Así, consigue alterar el equilibrio de poder entre los adultos y él.
La transición es suave.
Alex está acostumbrado a que le traten con respeto. No es cualquiera, sino una persona
digna de la atención y el interés de un adulto. Ésas son las características clave de la
estrategia de cultivo concertado. Alex no se luce durante su chequeo. Se comporta en gran
medida como con sus padres: razona, negocia y bromea con la misma facilidad.
Es importante entender de dónde procede su particular dominio de aquel momento. Esto no
es genético. Alex Williams no heredó de sus padres y abuelos estas habilidades sociales ante
figuras de autoridad, al menos no de la misma la manera que heredó el color de sus ojos.
Tampoco es una cuestión racial: no es una práctica específica de culturas negras ni blancas. De
hecho, Alex Williams es negro y Katie Brindle es blanca. Se trata de una ventaja cultural. Alex
tiene esas habilidades sociales porque en el curso de su corta vida, su madre y su padre —a la
manera de las familias cultas— se lo han enseñado minuciosamente, dándole un codazo aquí y
pinchándolo allá, animándolo a veces y mostrándole siempre las reglas del juego, por ejemplo,
mediante un pequeño ensayo en el coche de camino al médico.
Cuando hablamos de las ventajas de clase, arguye Lareau, nos referimos en gran medida a
esto. A Alex Williams le va mejor que a Katie Brindle porque su familia tiene más dinero y
porque va a una escuela mejor, pero también porque —y quizás esto es aún más crucial— el
sentido de derecho que le han inculcado es una actitud perfectamente adecuada para el éxito en
el mundo moderno.
Tomado del libro: Fuera de serie "Outliers" Libro de Malcolm Gladwell
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