Informes de flora y fauna era el nombre que yo daba a las largas cartas de mi abuela, llenas de divagaciones. «Ha empezado a florecer la forsitia y esta mañana vi el primer petirrojo... Las rosas aguantan incluso con este calor... El zumaque ha cambiado y también el pequeño arce junto al buzón de correos... Mi cactus de Navidad ya se está preparando...».
Yo seguía la vida de mi abuela como una larga película casera: un plano de esto o de aquello unido sin ningún patrón que yo pudiera vislumbrar. «La tos de papá empeora... La pequeña poni Shetland parece que va a dar a luz su potro antes de tiempo... Joanne ha vuelto al hospital de Anna... Hemos llamado Trixie al nuevo bóxer y le gusta dormir en el terrario de los cactus, ¿te imaginas?».
Me lo imaginaba. Sus misivas hacían que fuera fácil. La vida a través de los ojos de mi abuela era una serie de pequeños milagros: los lirios salvajes bajo los hibiscos en junio; la rápida lagartija que se deslizaba a toda velocidad bajo la piedra gris de río, cuyo tacto satinado siempre admiró. Su correspondencia marcaba las estaciones del año y de su vida.
Vivió hasta los 80 años y las cartas fueron llegando hasta el mismísimo final. Su muerte fue tan repentina como el cactus de Navidad: hoy estaba aquí, mañana ya no. Mi abuela dejó sus cartas y a su marido de 72 años. Mi abuelo, papá Howard, un elegante gamberro con sonrisa de jugador y suerte de perdedor, había ganado y perdido varias fortunas, la última de ellas de forma permanente. Se las bebió, se las jugó, las dilapidó por ahí de la misma manera que ella tiraba migas a los pájaros.
«Ese hombre», solía decir mi madre. Mi abuela vivió con ese hombre en casas de estilo español, en caravanas, en una diminuta cabaña en mitad de una montaña, en un piso junto a las vías del tren y finalmente en una casa hecha de cartón donde seguían teniendo la misma pinta de siempre. «No sé cómo lo aguanta», decía mi madre furiosa con mi abuelo por alguna nueva fechoría. Lo que pretendía decir con sus palabras era que no entendía por qué ella lo aguantaba. La verdad es que todos sabíamos cómo lo aguantaba.
Lo hacía porque vivía plantada de lleno en el flujo de la vida y prestaba mucha atención. Mi abuela se marchó antes de que yo aprendiera la lección que enseñaban sus cartas: la supervivencia radica en la cordura, y ésta se encuentra en prestar atención.
Sí, decían sus cartas, la tos de papá está peor, hemos perdido la casa, no hay dinero ni trabajo, pero los lirios florecen, la lagartija ha encontrado un rincón soleado, las rosas aguantan a pesar del calor.
Mi abuela sabía lo que le había enseñado una vida dolorosa: sea un éxito o un fracaso, la verdad de una vida tiene poco que ver con su calidad. La calidad de una vida se encuentra siempre en la proporción que guarde con la capacidad para el disfrute, y ésta es igual al don de prestar atención.
En un año en que una historia de amor larga y gratificante dejaba de ser el centro de su vida, con torpes sacudidas, la escritora May Sarton escribió Un diario de soledad. En él consigna la llegada a casa después de un fin de semana especialmente doloroso con su amante. Al entrar en la casa vacía «me detuve en el umbral de mi estudio porque un rayo caía sobre un crisantemo coreano y lo alumbraba como un foco, sus pétalos de un rojo intenso y su centro amarillo chino... Verlo fue como una transfusión de luz otoñal».
No es casualidad que May Sarton utilice la palabra transfusión. Perder a su amante fue una herida y en su respuesta a esos crisantemos, en el acto de prestar atención, comenzó el proceso de cura. La recompensa de prestar atención siempre es la cura. Puede empezar con la sanación de un dolor concreto —el amante perdido, el niño enfermo, el sueño roto. Pero lo que se cura finalmente es la herida que subyace a todo dolor: el dolor por sentirnos, como dice Rilke, «indeciblemente solos».
Más que cualquier otra cosa la atención es el acto de entrar en contacto. Esto lo aprendí de la misma manera que he aprendido la mayoría de las cosas: por pura casualidad.
Cuando mi primer matrimonio se fue al traste alquilé una casa aislada en lo alto de las colinas de Hollywood. Mi plan era sencillo: aguantaría sola el temporal de mi pérdida, no vería a nadie y nadie me vería a mí hasta que no hubiera pasado lo más agudo de mi duelo. Daría dolorosos paseos solitarios y sufriría. Y resultó que di esos paseos, sí, pero no salieron como yo había planeado.
Tras pasar dos curvas del camino que había detrás de mi casa, me encontré con una gata de rayas grises. Esta gata vivía en una alegre casa azul con un gran perro pastor con el que claramente no se llevaba bien. Supe todo esto a mi pesar en una semana de paseos. Empezamos a hacernos pequeñas visitas, esa gata y yo, y luego a mantener largas charlas sobre todo lo que teníamos en común, dos hembras solitarias.
Las dos admirábamos una extravagante rosa color salmón que había atravesado una verja cercana. A las dos nos gustaba mirar la carroza violeta de jacarandas en flor al balancearse en su amarradero. Alice (oí cómo la llamaban una tarde para que entrara en casa) las golpeaba con la pata. Cuando las jacarandas se marchitaron instalaron un feo enrejado de tablones para contener el rosal.
Para entonces mis caminatas se habían extendido una milla más arriba, y se habían unido a nuestra compañía más gatos, perros y niños. Y para cuando la rosa color salmón desapareció detrás de su verja, yo había encontrado una casa más arriba con un jardín vallado de estilo morisco y un loro vitriólico al que cogí cariño. El pájaro era colorido, con opiniones radicales y mucha tendencia al dramatismo y me recordaba a mi ex marido. Y el dolor se había convertido en algo más valioso: en experiencia.
Al abordar la atención me doy cuenta de que he escrito mucho sobre el dolor. No es por coincidencia. Puede que en otras personas no funcione así, pero el dolor es el precio que tuve que pagar para aprender a prestar atención. En tiempos de dolor, cuando aterra contemplar el futuro y escuece demasiado recordar el pasado, he aprendido a prestar atención al aquí y al ahora.
El momento preciso en el que estaba era siempre el único lugar seguro para mí. Cada momento tomado en soledad era siempre soportable. En el aquí y el ahora exactos todos estamos siempre bien. Ayer puede que el matrimonio se rompiera. Mañana puede que el gato se muera. La llamada del amante, por mucho que la espere, puede que no llegue nunca, pero justo en este momento, justo ahora, no pasa nada. Estoy respirando, inhalando y exhalando.
Cuando me di cuenta de esto empecé a entender que no hay momento que no tenga su propia belleza. La noche en que me enteré de que mi madre había muerto, agarré mi jersey y eché a andar por detrás de mi casa, colina arriba. Una gran luna color nieve se elevaba por detrás de las palmeras. Más tarde se colocó como si flotara sobre el jardín, lavando los cactus que parecían de plata.
Ahora cuando pienso en la muerte de mi madre recuerdo aquella luna nevada. El poeta William Meredith ha observado que lo peor que puede decirse de un hombre es «no prestó atención». Cuando yo pienso en mi abuela la recuerdo ocupándose del jardín y recuerdo cómo una vez se le escapó del vestido con escote amarrado al cuello que se hacía todos los veranos un pecho pequeño y moreno. La visualizo señalando una cuesta empinada que bajaba de la casa que estaba a punto de perder hacia los hibiscos junto al arroyuelo. «A los ponis les gustan por la sombra que dan», me dijo. «A mí me gustan porque cuando no están en flor se ponen plateados».
