Páginas

Cultura asiática

«Trescientos sesenta días al año levántate antes del amanecer... 
 y la prosperidad de tu familia llegarás a ver»


 Tomado del libro: Los fuera de serie (Outliers)

Vaya a cualquier campus universitario y los estudiantes le dirán que los alumnos asiáticos tienen fama de quedarse estudiando en la biblioteca mucho después de que todos los demás se hayan marchado.
Algunas personas de origen asiático se ofenden cuando la gente habla de su cultura en estos términos, porque sienten que este estereotipo es una forma de menosprecio. Pero la fe en el trabajo debería ser un atributo de belleza.
El trabajo realmente duro es una constante entre la gente de éxito; y el genio de la cultura formada en el arrozal es que aquel trabajo duro dio a los que sufrían en los campos un modo de encontrar sentido en medio de su incertidumbre y su pobreza.
El historiador David Arkush comparó una vez refranes de campesinos rusos y chinos, y encontró diferencias asombrosas. «Si Dios no lo trae, no lo dará la tierra», reza un proverbio típico ruso. Es la clase de fatalismo típica de un sistema represivo y feudal, donde el campesinado no tiene ninguna razón para creer en la eficacia de su propio trabajo a la hora de mejorar su suerte. En contraste, escribe Arkush, los proverbios chinos recalcan la creencia de que «con trabajo duro, planificación sabia e independencia o cooperación con un pequeño grupo, la recompensa es sólo cuestión de tiempo». He aquí algunas de las cosas que los campesinos desheredados se decían unos a otros mientras trabajaban tres mil horas al año en la calurosa humedad de un arrozal chino (que, a propósito, está plagado de sanguijuelas):

 «No mires al cielo en busca de grano; pon mejor a trabajar tus manos».
«Sin sudor ni sangre no se sacia el hambre».
 «Su ocupación es, para el campesino, bendición. ¿De dónde, si no es del ajetreo, saldrá el grano con que pasará el invierno?».
 «¿Te preguntas si la cosecha será buena? Mejor pregúntate si abonaste bien la tierra».
 «Cuando el hombre trabaja a conciencia, no es perezosa la tierra».
 Y el más revelador de todos:
«Trescientos sesenta días al año levántate antes del amanecer y la prosperidad de tu familia llegarás a ver».

Vamos a leer un poco acerca de la cultura asiática y los arrozales?

Un pueblo chino de mil quinientos habitantes podría sustentarse completamente con 180 hectáreas de tierra, que en el medio oeste de Estados Unidos sería el tamaño de una granja familiar típica. Un arrozal típico mide lo que una habitación de hotel. A escala asiática, con familias de cinco y seis personas viviendo en una granja del tamaño de dos habitaciones de hotel, la agricultura cambia de manera radical.
Lo más sorprendente de un arrozal —que nunca llega a comprenderse del todo hasta que de hecho uno no se encuentra de pie en medio de uno— es su tamaño. Es diminuto.

Históricamente, la agricultura occidental ha tenido una orientación «mecanicista».
En Occidente, si un granjero quería ganar en eficiencia o aumentar su producción, incorporaba un equipo cada vez más sofisticado, lo que le permitía sustituir la tracción humana por el trabajo mecánico: trilladoras, enfardadoras, cosechadoras, tractores. Limpiaba otro campo y aumentaba su área de cultivo, porque ahora su maquinaria le permitía trabajar más tierra con el mismo esfuerzo.

Pero en Japón o China, los agricultores no tenían dinero para invertir en equipo. Tampoco abundaban las tierras que pudieran convertirse fácilmente en nuevos campos. De modo que los cultivadores de arroz mejoraban su producción a base de inteligencia, gestionaban mejor su propio tiempo y hacían elecciones acertadas.
Como ha expuesto la antropóloga Francesca Bray, la agricultura de arroz «fomenta el desarrollo de habilidades»: si uno está dispuesto a desyerbar con un poco más de diligencia, a fertilizar con más criterio, a pasar un poco más de tiempo supervisando los niveles del agua, a esforzarse un poco más en mantener la capa de arcilla absolutamente nivelada, recogerá una cosecha más grande.

Sorprendente que, a lo largo de la historia, los que cultivaban arroz siempre trabajaran más que casi cualquier otra clase de agricultor. Puede que esta última afirmación parezca un poco singular, porque la mayor parte de nosotros tenemos la idea de que en el mundo premoderno todo el mundo trabajaba de lo lindo.
Considérese la vida de un campesino europeo del siglo VIII. En los Pirineos y los Alpes, pueblos enteros hibernaban básicamente desde las primeras nieves de noviembre hasta marzo o abril. En las regiones más templadas de Francia, donde las heladas son más infrecuentes, se reproduce el mismo modelo.
Un campesino del sur de China, en cambio, no hibernaba. En la estación seca, desde noviembre hasta febrero, se buscaba ocupaciones que las tareas agrícolas habían dejado de lado. Trenzaba cestas o sombreros de bambú y los vendía en el mercado. Reparaba los diques de su arrozal y reconstruía su choza de adobe. Enviaba a alguno de sus hijos a trabajar para un pariente en un pueblo cercano. Hacía tofu y pastelitos de soja. También cazaba serpientes (consideradas un manjar) y atrapaba insectos. Cuando llegaba lahp cheun (el nacimiento de la primavera), volvía a trabajar los campos desde el amanecer.
El mantenimiento de un arrozal exige entre diez y veinte veces más mano de obra que el de un trigal o un maizal de tamaño equivalente. Algunas estimaciones calculan el trabajo anual de un agricultor arrocero de Asia en tres mil horas.
Ante todo, el cultivo de arroz arroja una relación clara entre el esfuerzo realizado y la recompensa obtenida. Cuanto más duro se trabaje en un campo de arroz, más produce éste.
En segundo lugar, se trata de un trabajo complejo. Un agricultor arrocero no se limita a plantar en primavera y cosechar en otoño: también administra eficazmente un pequeño negocio gestionando una mano de obra familiar, acotando el riesgo de ruina mediante una selección reflexiva de las semillas, construyendo y manejando un sofisticado sistema de irrigación y coordinando el complicado proceso de recoger la primera cosecha simultáneamente a la preparación de la segunda. Y, sobre todo, es autónomo.
Los campesinos de Europa trabajaban esencialmente como esclavos mal pagados de un terrateniente aristocrático, sin apenas control sobre su propio destino. Pero China y Japón nunca desarrollaron aquella clase de opresivo sistema feudal, porque el feudalismo sencillamente no funciona en una economía de arrozal. —Un arrozal no sólo exige una cantidad enorme de trabajo, sino además muchas otras cosas —dice el historiador Kenneth Pomerantz—. No vale despreocuparse. De verdad importa que el campo esté perfectamente nivelado antes de que lo anegue el agua. Acercarse al nivel correcto sin acertarlo con exactitud supone una diferencia ostensible en términos de producción. Y realmente importa que el agua anegue los campos el tiempo justo, ni más ni menos. También hay una gran diferencia entre alinear las matas a exactamente la distancia correcta entre ellas y plantarlas de manera más descuidada. No se trata de plantar el grano en tierra a mediados de marzo y, si sigue lloviendo hacia finales del mes, todo va bien. Todas las variables se controlan de un modo muy directo. Y cuando se imponga alguna tarea que requiera cuidados especiales, el capataz tendrá que ofrecer al campesino algún incentivo por el que, si la cosecha es buena, él se saca una parte tanto mayor cuanto mejor haya sido la cosecha. Así, se conviene un sistema de renta fija donde el propietario dice: «Yo me llevo veinte fanegas, independientemente de la cosecha; y si ésta es realmente buena, tú te quedas con el excedente». Este arreglo no se compadece muy bien con la labor a destajo ni con la esclavitud. Sería demasiado fácil dejar la compuerta de riego abierta un ratito más y pudrir la plantación.
Pensemos un momento en lo que debió de ser la vida de un agricultor arrocero en el delta del río de las Perlas. Tres mil horas al año es una cantidad de tiempo asombrosa para pasarlas trabajando, en particular si muchas de ellas implican estar inclinado bajo un sol abrasador, plantando y desbrozando un arrozal.



Tomado del libro: Los fuera de serie (Outliers)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Lo más leído